viernes 27 de noviembre de 2009

Different Trains I


En una estación de tren, caminando por el andén, vemos diversos trenes situados en paralelo. Subimos al nuestro y alcanzamos a ver, a través de las ventanillas transparentes, varios vagones que se solapan; la gente sale o entra, se desplaza por los pasillos buscando su asiento o buscando la salida, e incluso quienes no van a viajar han entrado para alargar y demorar la despedida hasta el último instante, y en esta situación es difícil saber si esos trenes acaban de llegar o van a partir de inmediato. En un momento dado los vagones se mueven con suavidad e inducen a pensar que es el nuestro el que ha empezado la marcha antes de tiempo pero, en una constatación práctica de la teoría de la Relatividad, nos damos cuenta de que el que ha iniciado la marcha es uno de los trenes que teníamos al lado. Vemos partir rápidamente a esas personas en las que, un instante antes, habíamos demorado nuestra visión e interés y en unos segundos les perdemos de vista para no verlos más. El hueco dejado por el tren ha aumentado la luz que entra por las ventanillas en esta temprana mañana otoñal y los reflejos en el cristal impiden seguir viendo con claridad en esa dirección. Después de situar el equipaje y buscar mi asiento sigo enfrascado en la contemplación de la gente que se mueve por el anden próximo, cada uno con su historia a cuestas, que en las estaciones de tren se antojan más pesadas, menos llevaderas pues un viaje es en cierta forma un punto de inflexión en las vidas de todos. Un nuevo trabajo, una nueva relación, una visita a unos familiares, un viaje a una ciudad marcan un momento destacado en los días monótonos de cualquiera. Una estación de tren es un paradigma de las despedidas pues el corte entre el que se queda y el que se va, entre lo que queda fijo y lo que se desplaza, es áspero y abrupto. Es muy distinto a lo que ocurre en los aeropuertos donde el instante de la partida queda diluido por un sinfín de trámites y esperas y cuando llegas al avión parece que entras en una atracción de feria que no lleva a ningún lado. Pero una estación de tren es un ejemplo certero de lo que ocurre en la vida. Tenemos distintas oportunidades: el tren en el que estamos puede no ser el correcto, nos hemos equivocado al subirnos, o nos equivocamos hace tiempo cuando compramos el billete errando el destino. Puede ser que el tren más adecuado sea ese que acaba de partir, puede que el más adecuado sea uno que no ha llegado todavía y quizá debamos esperar en el andén, puede que el nuestro con sus incomodidades nos lleve a algo bueno o debamos abandonarlo en la primera estación y puede que ese que vemos en la lejanía, tan nuevo y con tantas comodidades descarrile al coger la primera curva. Somos esclavos de nuestras decisiones y lo mas cómodo sería abandonar la estación y no coger ninguno de estos trenes llenos de posibilidades de cambio pero esa cobardía sabemos que no nos la perdonaríamos nunca y seguimos hacia delante. Enfrascado en estos pensamientos ni me di cuenta de que mi tren ya está en marcha dejando atrás a los otros trenes con sus viajeros que esperan su momento. Ahora sí me muevo, o eso creo.


Imagen: Barbara Kirsch, Tokyo Diary, 1996, oleo sobre lienzo, 130x100

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